Pensar en sobre cómo se piensa, es difícil. Mi hermana es una persona súper inteligente y ella dice que hay que enfocar el pensamiento a cosas prácticas, cosas constructivas y, finalmente, cosas que nos hagan bien. Ella dice que el hecho de pensar no es malo, pero la reflexión sobre la reflexión nunca llevó a nadie a un “buen lugar”. Y claro, con un vaso de cerveza en la mano es difícil tolerar a una pendeja que intenta explicar cómo es que en realidad nuestra experiencia se basa en supuestos ya que no podemos conocer las cosas concretamente porque siempre habrá una barrera molecular que separa a nuestros sentidos de los objetos que queremos “sentir”.
Entonces, el sustento de muchas de mis conversaciones cae en un “pero cómo no vas a querer saber?” “cómo no vas a sentir la curiosidad por entender las cosas que nos rodea o lo que tenemos como “creencia?”, pero a veces se me olvida un poco cuál vida es la más importante: la que “creo” o la que “vivo”. Y es difícil dejar de pensar en ¿cuál es el límite de la curiosidad? Porque conozco a alguien que, una vez, tuvo un colapso mental, es decir, el tipo un día no sabía dónde estaba, cómo se llamaba y qué hacía en el lugar en el que estaba, solo porque se excedió en el factor “curiosidad”. Lo que me hace pensar que quizás no es parte del hombre mismo “saber hasta que duela”. Quizás el conocimiento no es el fin último del hombre. Quizás por eso algunos han muerto de cáncer anal, sobredosis de cocaína o, en el peor de los casos, desdiciéndose de todo lo que alguna vez pudieron proponer como una “verdad absoluta”.
O quizás, simplemente, debería dejar de pensar en tantas cosas.
