sábado 18 de julio de 2009

La enfermedad de los ojos
tiene estresado a cualquiera
le cambia mucho el gusto
por lo que de bien se quiera
si a los ojos le pregunto
me responderán cantando
le cambia mucho el gusto
por lo que de bien se quiera

La enfermedad de los ojos
me dice toma tu tiempo
que la distancia se acorte
que no que marque espejos
si los colores incluyen
que también tengan en negro
el blanco pa' los manchones
y el celeste pa'l cielo

La enfermedad de los ojos
me pilló por sorpresa
me dijo toma tu tiempo
pa' lo que de bien se quiera
si pienso lo que se tiene
no se sabe de repente
que la vida se hace tiras
cuando menos se lo piense

Tranquila toma la llave
yo te la doy de regalo
la que abre toas las puertas
que están cerra's con canda'o
un día me dice hola
después yo le digo chao
deja la puerta abierta
pa' que entremos sin cuida'o

La enfermedad de los ojos
me pilló por sorpresa
me dijo toma tu tiempo
pa' lo que de bien se quiera
si pienso lo que se tiene
no se sabe de repente
que la vida se hace tiras
cuando menos se lo piense

La enfermedad de los ojos
tiene estresa'o a cualquiera
le cambia mucho el gusto
por lo que de bien se quiera
si a los ojos le pregunto
me responderán cantando
le cambia mucho el gusto
por lo que de bien se quiera.

martes 14 de julio de 2009

miércoles 8 de julio de 2009

El sueño de Raimundo (taller de Álvaro Bisama)

Tres golpes en la puerta sirvieron para despertar a Raimundo. Al cuarto golpe no pudo evitar sentir miedo. Era una sensación extraña… había algo en el silencio de la noche que no lo dejaba en paz. Julieta le decía que, en la oscuridad, cada uno tenía que lidiar con el peso de sus actos.

Con los dos pies en el suelo, Raimundo se levanta y camina hacia la puerta. Su molestia era evidente, pero ésta se disipó rápidamente cuando vio el primer insecto muerto bajo su talón. Mientras despegaba los restos que tenía adheridos a su piel, veía cómo salían más de todos los rincones del dormitorio. Caminaban, volaban o se arrastraban tan sigilosamente como su pequeño cuerpo lo permitía. Y mientras más intentaba caminar, más pegajoso se volvía el suelo y más costaba lograr dar un paso.

Sin detenerse, Raimundo logró llegar al umbral de su habitación. Llegó justo cuando los golpes se detuvieron.

Intentó volver a la cama, pero los golpes en la puerta siguieron. Raimundo sintió como cada uno estremecía su hogar. Era como si alguien moviera el departamento en el momento preciso en que aquel imbécil golpeaba la puerta. Él bajó nuevamente de la cama, pero esta vez el ruido que los insectos hacían al moverse era abrumador. Millones de gusanos, cucarachas y cuanto bicho existiese caminaba por el suelo y las paredes de su dormitorio sin que pudiera entender qué estaba pasando.

No obstante, esta vez pudo salir de la pieza y llegar hasta la cocina. Otro temblor sacudió al departamento, logrando además romper parte de la loza de la cocina. La angustia se apoderaba de Raimundo mientras veía cómo se quebrajaban las paredes de su departamento.

Raimundo corrió hasta su dormitorio para alertar a Julieta de esta extraña situación, pero ella no estaba, al igual que Andrea, su nieta y María Elena, su hija.

Otro golpe acompañado de un temblor derribó el mueble que sostenía la televisión mientras Raimundo no podía hacer otra cosa más que llorar. La cantidad de insectos que había en el suelo era tan grande que, paulatinamente, se convirtieron en una enorme masa negra que impedía que Raimundo pudiera moverse.

El pequeño murmullo que hacían los insectos al deslizarse se había transformado en un estruendo que repercutía por todo el departamento. Estruendo que llevó a Raimundo a la desesperación.

Y, de un momento a otro, Raimundo perdió la paciencia y comenzó a pisar a los insectos que estaban en el suelo y, mientras saltaba enérgicamente, reía y decía: “bichos asquerosos ¿creen que me impresionan? Ustedes no pueden hacerme daño ¿saben por qué? ¡Porque yo lo digo!

Y por un momento su risa opacó el zumbido que los insectos hacían al deslizarse.

Sin embargo, entre tanto salto notó que, de su manga, salían un sinnúmero de cucarachas las que casi se desprendían de su piel. El pavor inundó su rostro cuando intentó sacar la polera que cubría su arrugado cuerpo. Mientras la tiraba, sentía que su piel se desgarraba. Sentía que, en vez de sacar una polera, estaba arrancando parte de su piel. Notó que, de su cabello, salían miles de arañas pequeñitas que se movían bastante rápido y que buscaban picarlo en la medida que abandonaban su cuerpo y notó también que los gusanos que circulaban por el suelo habían roto su ropa y se habían aferrado a la piel de sus piernas mordiéndola como si tuvieran la intención de hacerle la mayor cantidad de daño posible.

Y mientras más intentaba sacarse la ropa, más insectos salían de él. De esta manera, el pánico dominó a Raimundo y lo obligó a clamar ayuda, pero su voz ya no estaba. Su voz era tan solo audible en su cabeza, pues, las únicas cosas que salían de su boca eran moscas. Y cada vez que Raimundo hacía el intento de gritar por ayuda, miles de moscas negras y ruidosas salían de su garganta para golpearle los ojos y metérsele por las orejas.

Dos golpes más a la puerta terminaron por romperla dejando entrever quién estaba detrás de ella y liberando a Raimundo del mar de insectos que lo atormentaba. Él corrió por el departamento sin saber aún qué era lo que había pasado en su casa. Era demasiado importante saber quién había comenzado todo ese alboroto.

Y, al salir, se vio a si mismo jugando con Valentina. Se escuchó decirle que la amaba, que era la mujer más bella que había conocido y que, sin importar la edad, ellos estarían juntos. Raimundo vio como Valentina le recordaba a su hija, María Elena. Recordó cuando le hacía cariño antes de dormir, cuando le decía que era la mujer más especial de su vida y cuando le dijo que él la amaba mucho más de lo que llegaría a amar a Julieta.

Raimundo logró entender el asco que siente su hija al tenerlo cerca. Logró entender el asco que siente Julieta cuando sabe que estuvo jugando con Valentina mientras su madre no estaba. Y, logró entender que, el que se pudría por dentro era él y no su departamento.

Y, al entrar nuevamente, Raimundo sintió como a sus espaldas brotaba desde todas las esquinas del departamento, un mar interminable de insectos que el mismo botaba por cada poro de su cuerpo porque, como decía Julieta, ya no hay nada que logre limpiar lo que lleva dentro.

Y el zumbar de los insectos se volvía cada vez más ensordecedor. Con cada paso que Raimundo daba para entrar al departamento, más se llenaba de insectos que parecían esperarlo para devorar lo que quedaba de aquel cuerpo inexpresivo y marcado por la edad.

Dando tres pasos atrás, Raimundo se recostó sobre ese mar negro lleno de insectos del que era parte y al que jamás podría evitar. Y cada insecto se encargó de magullar y cercenar cada parte de su trémulo cuerpo para ocasionarle la mayor cantidad de dolor posible. Sin embargo, frente a tanto dolor, Raimundo ni siquiera pudo llorar ya que, de su cuerpo, sólo salían alimañas.

viernes 26 de junio de 2009

Carlos Humberto


Sé que el tiempo no puede volver atrás...
sólo queda abrazar los recuerdos y no dejar que esto nos marque... porque como me dijo el último día que lo vi: soy muy bonita para hacer tonterías.
Estando ya coja de un papá.. ahora me queda disfrutar al que me queda.

sábado 20 de junio de 2009

...

Algunos poetas dicen que, frente al dolor, lo mejor es el silencio.
Yo prefiero la música.

miércoles 3 de junio de 2009

Mientras estoy echada en el sillón, miro hacia la ventana y veo una blanca cabellera acercarse a la reja de la casa. Me levanto y, sigilosamente, intento recostarme en el suelo mientras le digo a mi hermana que se esconda para no tener que abrirle la puerta.
Pero mientras más avanza esa persona, más clara queda su identidad.
Me levanto del suelo y le digo a mi hermana que es mi Tata, mi abuelo. Le pido que abra rápidamente la puerta y que vaya a buscar a mi papá porque él quiere verlo.
Al abrir la puerta, veo que sujeta una botella de vino y, sin decir una palabra, entra a la casa y lo abrazo. Lo abrazo tan fuerte que, al poner mi cabeza en su pecho, siento el catéter que le ponen cuando está internado en el hospital.
Y no puedo evitar que ese abrazo se prolongue, no puedo evitar aferrarme a él mientras dice que, por este tipo de cosas, es que aún sigue con vida.

Ruedo un poco hacia la derecha y noto que boté el celular al suelo. Son las 5:48 am y el sol aún no tiene ganas de salir.
Noto que he despertado con la sensación de que, sin poder evitarlo, lo estoy perdiendo.
Despierto con la sensación de que, haga lo que haga, todo sigue su curso.

sábado 30 de mayo de 2009

Una profe me dijo el otro día que la mejor forma de aprender, es a través de la escritura.
Y es un poco complicado porque hace mucho tiempo que no lo hago. Quizás por falta de ganas, quizás por falta de palabras... no lo sé. Pero no por "no saber" deja de ser menos serio el asunto.
Si las palabras, más que formas de comunicación, son huellas que se imprimen fuertemente en nosotros, quizás de vez en cuando, es necesario obligarse a decir las adecuadas. Las que nos llevarán, tarde o temprano, a un buen lugar.
Quisiera pensar que la vida, en su interminable ciclo, nos da varias oportunidades para hacer las cosas que queremos hacer... algo así como la reencarnación de ciertos "eventos" que pueden, si se hacen como se "debe", cambiar completamente el sentido de nuestra vida.
La cuestión es saber hasta dónde es sano intentarlo.

Mi mamá siempre dice que, cuando se hace el bien, siempre se debe esperar bien de vuelta, en cambio, cuando se hace mal... bueno, está claro.
Pero entonces, ¿dónde quedan contemplados esos eventos que pasan porque el Olimpo quiso que pasaran?
Vuelvo a recordar a mi mamá que, de cuando en cuando, me dice que Dios sólo nos da pruebas o cosas que podemos sobrellevar... lo más extraño es que a veces siento que tiene razón.

Quizás lo más raro de todo es cuando las palabras, esos sonidos que suenan bien bonitos cuando se dicen ordenada y pausadamente, toma sentido y peso y trascendencia y no tan sólo en un momento particular, sino a lo largo de toda una vida.
Siempre he creído que las palabras son como ganchos. Como pequeños ganchos que se ven muy delgados a primera vista, pero que, al ser dejados a la deriva, se enganchan en cualquier cosa que tengan cerca y lo rasgan sin importar nada porque, de una u otra forma, deben quedar.